Primer plano del general Friedrich Roske
POLÍTICA

El hombre que rindió Stalingrado

El general que negoció la rendición acabó suicidándose en Alemania un año después de su vuelta

La batalla de Stalingrado es, probablemente, la más decisiva de la II Guerra Mundial: el principio del fin del Tercer Reich. Quizá por eso también una de las que más ha atraído la atención de los historiadores. 

A los clásicos de Antony Beevor, Jason Mark, David Glantz, Jochen Hellbeck, Earl Frederick Ziemke o William Craig; se añade ahora el de Iain MacGregor. MacGregor ya tiene publicado un libro sobre la Guerra Fría, “Checkpoint Charlie”, y colabora habitualmente en diversos medios de comunicación británicos.

Ahora acaba de salir en castellano “El faro de Stalingrado” (Ático de los Libros, 416 páginas, 25,90 euros). La obra fue publicada originariamente en inglés el pasado diciembre. O sea que es de agradecer que no hayan pasado muchos meses. Ático de los Libros publica también en España otro de los grandes británicos: James Holland.

MacGregor tiene acceso a documentación original y a testimonios inéditos. De hecho, la obra empieza con una conversación con el nieto de Vasili Chuikov, el mariscal al mando de la defensa de la ciudad.

Chuikov fue enterrado en la Mamáyev Kurgán, la colina que domina la ciudad, junto a sus soldados en 1982. Todavía durante la Guerra Fría.

Los nombres de algunos edificios han quedado para la historia porque fueron objeto de encarnizados combates. Algunos ejemplos son la fábrica de tractores, la Octubre Rojo, el ascensor de grano o la estación de trenes número. 

Los soviéticos dominaban, por ejemplo, la planta baja y los alemanes el primer piso. Incluso habitación por habitación. La mejor arma en estos casos era la pequeña pala para cavar trincheras. Un golpe certero en el cuello y seccionaba la artería.

La obra se centra, en este sentido, en la llamada Casa Pavlov en honor al sargento bajo el mando del cual se conquistó. El inmueble, conocido con el nombre clave de “El Faro”, resistió desde entonces numerosos ataques de los alemanes. Era un puesto de observación inmejorable para la artillería soviética.

Escritos de la Segunda Guerra Mundial

Pero de todos los testimonios consultados, sin duda el más importante es el del general Friedrich Roske. Roske llegó como teniente coronel en agosto de 1942. De hecho, su unidad fue la que llegó hasta la orilla del Volga. Para celebrarlo envió una botella llena a su general en jefe.

Luego él y sus hombres soportaron estoicamente la evolución de la batalla: la guerra casa por casa -la guerra de ratas, la denominaron los alemanes-, la ofensiva soviética, el asedio, el frío, el hambre, la muerte. 

El fallecimiento de otros altos mandos -algunos por suicidio- hizo que ascendiese a general antes de la capitulación. Y fue el que negoció con los rusos por orden del mariscal Paulus, ascendido también por Hitler con la esperanza de que se pegara un tiro.

Parece incluso que el hecho de que Paulus no se suicidara fue obra de Roske. El nuevo mariscal del Reich le preguntó:

- Roske, ¿cree que el Führer me ha ascendido porque nunca antes un mariscal de campo ha sido hecho prisionero?

- El mariscal Mackensen sí fue hecho prisionero, recordó su subordinado en alusión a August von Mackensen, que fue encarcelado por los húngaros en las postrimerías de la I Guerra Mundial.

También narra las negociaciones en las que pidió garantizar la vida de los soldados alemanes, sobre todo de los heridos. Aunque luego pasó lo que pasó. 

Incluso explica la anécdota que, cuando Paulus ya estaba en el vehículo que lo debía llevar al cautiverio, se acercó un sargento con tres ametralladoras alemanas capturadas al hombro y exclamó:

- “Ah el general que ha matado a tanta gente, sentado en el coche como si nada”. Cargó su ametralladora y apuntó. Paulus se puso blanco como la cera.

Pero un teniente apartó de inmediato la ametralladora y le gritó al conductor del coche: “Muévete, por el amor de dios, o lo matarán aquí mismo”. Y eso que era bolchevique.

Friedrich Roske sobrevivió al cautiverio en Siberia durante más de 13 años. Fue de los últimos en volver. En las Navidades de 1956, apenas un año después de su vuelta, se suicidó.