Montaje fotográfico con Oriol Junqueras y Carles Puigdemont de fondo y Pere Aragonès y Laura Aragonès en primer plano
OPINIÓN

Todos los que viven del procés

Los procesistas son monotemáticos

Cuando el procés secesionista estaba bien vivo y en Cataluña abrumaba con su hegemonía cultural, se oía el griterío de los procesistas y pocas voces en contra. Determinados silencios y condescendencias fueron vergonzosos, oportunistas y cómplices (y no se han disculpado).
Ahora que el procés secesionista ha sido derrotado -mejor decir derrotado, sobre la derrota del 2017 no hay ninguna duda y se evita la controversia sobre si está acabado o no-, parece como si se hubieran invertido los papeles: frecuentes voces en contra, entre las cuales las de algunos de los mudos de antes, y pocos procesistas levantando la voz y ocupando portadas y primeras páginas. Algunos fogonazos durante la campaña del 28-M habrán sido coyunturales.
Se puede objetar que Puigdemont, Junqueras, Turull, Borràs, Batet, Ponsatí, Erra, Aragonés y los otros dirigentes independentistas todavía se pavonean retóricamente. De hecho, se les hace más caso del que se merece lo que dicen: nada nuevo, se repiten como el ajo, concentrados ahora, principalmente, en la nostalgia del “1 de octubre” y en las diatribas contra el “Estado represor”. 
Todos ellos viven directamente del procés, saben que tienen que mantenerlo vivo, aunque sea con respiración asistida, a fin de que los voten en las próximas elecciones autonómicas, puesto que fuera del proceso no tienen nada que ofrecer que sea diferente a lo que ofrece la derecha conservadora en el terreno social, y si pierden votos perderán el poder institucional y con él la buena vida política y económica. El retroceso de ERC y el estancamiento de Juntsl les augura tiempos difíciles.


Añadámosles el personal de la nutrida nomenclatura de la Generalitat y sus empresas públicas, de la Corporación Catalana de Medios Audiovisuales y de los medios de comunicación externos afines. Una multitud de servidores orgánicos que siguen la estela del procés y continúan viviendo de él; al fin y al cabo, el procés ha sido una gran empresa que ha dado trabajo a mucha gente y ha retribuido espléndidamente los cabecillas.


 Menos conocidos, menos numerosos, menos beneficiados son los que “viven” de la oposición al procés, si dejamos aparte los políticos de la derecha y, sobre todo, los de VOX, que “a moro muerto, gran lanzada”, en busca de réditos electorales, es un vivir que no da para mucho, es más bien una comodidad temática, se puede hablar y escribir a chorro sobre el procés y los procesistas -lo facilita un léxico y unas críticas estandarizados-, pero también resulta repetitivo.


Hay medios de comunicación, principalmente digitales, que continúan el combate antiprocesista como si los independentistas estuvieran a punto de lograr la secesión de Cataluña. Es cierto que algunos de esos medios nacieron para combatir el procés y fueran muy útiles para la concienciación de sectores de la opinión pública. Se lo hemos de agradecer.


Pero, empieza a ser hora de la reconversión a una “economía de paz”, en la cual hay mucho a producir para restañar heridas, aliviar resentimientos y restaurar la cohesión de la sociedad. 


La oposición al procés ha requerido mucha atención intelectual y muchas energías, sin abandonar la vigilancia por si el proceso reviviera, se tendrían que liberar para aplicarlas a temáticas bastante abandonadas a causa de aquel requerimiento.


Los procesistas son monotemáticos: autodeterminación, “1 de octubre”, independencia, represión..., les importa un pepino la economía productiva, la desigualdad social, el cambio climático, el orden internacional, la cultura, la inteligencia artificial, la gobernabilidad -todavía resuena aquel “me importa un comino la gobernabilidad”,  espetado por Dolors Bassa (ERC) a la cara de los diputados del Congreso- ... imitarlos, aunque sea para contradecir sus propósitos, produce el efecto de reavivar su apagada hegemonía cultural.

 
Los temas que no les importan son los que nos tienen que ocupar preferentemente. 


 Es lo que haré de ahora en adelante, salvo cuando los independentistas sean muy impertinentes y haya que refutar lo que dicen -por ejemplo, la concepción profundamente equivocada de Anna Erra sobre el lugar del parlamento que preside en el orden constitucional- o convenga no olvidar lo que han hecho, porque vivimos tiempos de memoria quebradiza.