Montaje fotográfico de un payés trabajando con un alambre de puas en primer plano
OPINIÓN

Sembrar patatas es fascista

Defender la libertad de expresión es fascista; defender la integridad de las fronteras es fascista. Al paso que vamos, dar las buenas tardes al vecino resultará fascismo extremo

Imagen del Blog de Octavio Cortés

Anda la progresía muy revuelta estos últimos tiempos con el “avance del fascismo”. En la prensa de izquierda globalista el tema es objeto de sesudos análisis que producen, en el lector sensato, una mezcla de sopor y risa floja.

Un detalle que pasa inadvertido a nuestros antifascistas de guardia (el más gracioso, con diferencia, sigue siendo el argentino Dante Fachín, que está cuajando una temporada pletórica) es que son ellos los principales responsables: cualquier cosa es calificada de “fascista”, de modo que al final el fascismo está por todas partes. Ellos mismos se dibujan su propia pesadilla.

Defender la libertad de expresión es fascista; defender la integridad de las fronteras es fascista; defender que los hombres no pueden convertirse mágicamente en mujeres al ponerse peluca es fascista; defender el control de la inmigración es fascista; al paso que vamos, dar las buenas tardes al vecino resultará fascismo extremo.

Estos días asistimos al comienzo de la revuelta del sector primario. Los payeses, empeñados en maniobras malévolas tales como sembrar patatas, cebollas y lechugas, han sido colocados en ese pintoresco limbo metafísico que nuestro presidente bautizó como la “fachosfera”. No se entiende muy bien de qué se alimentan estas personas.

Quizás los señores Elisabeth Duval y Samantha Hudson obtengan sus nutrientes mediante fotosíntesis, a través de una mezcla de autopercepción y lencería cara; quizás el ministro Bolaños y los demócratas de Bildu consigan mantenerse vivos filtrando el plancton de los océanos; tal vez la secta de Waterloo haya conseguido (mediante alguna alquimia histérico-raholiana) transmutar la idiotez en glucosa, lo que explicaría las fabulosas papadas de Puigdemont y Partal, campeones perennes de la libertad de sobremesa.

Foto de los tractores cortando las carreteras de acceso en Barcelona

Se mire como se mire, no es posible que los payeses constituyan, por el ejercicio mismo de su payesía, un obstáculo para las libertades, a no ser que uno entienda que la libertad es una modalidad civil de la inanición.

¿De dónde proviene el equívoco? La cosa está clara, para quien no haya saturado su cerebro con altas dosis de la Imbecilidad Posmoderna: si uno se define como “antifascista”, cualquier oposición es vista como “fascista”.

Este es el abracadabra que ha convertido en fascistas a gente como Fernando Savater, Russell Brand o J.K. Rowling. Si Mussolini levantara la cabeza le costaría reconocer a sus compañeros de viaje.

Las feministas que protestan contra las canciones misóginas que enviamos a Eurovisión, son fascistas; los productores de la serie “Chernobil”, que no incluyeron a afroamericanos en el reparto de una serie ambientada en la Unión Soviética de los años 80, son fascistas; los que no creen que un atleta pueda ser hombre todo el día, pero mujer cuando corre en la montaña, son fascistas; Tucker Carlson, empeñado en entrevistar a la gente, es el fascista más terrorífico.

En el caso de los payeses, el tema es complicado, dado que no podrían llevar adelante su agro-fascismo sin la ayuda silenciosa de las frutas y legumbres, empeñadas en crecer cuando reciben suficiente riego y luz solar. Uno empieza a sospechar que la madre Naturaleza ha sido siempre fascista en secreto.

En esta pintoresca época que nos ha tocado vivir, los que defienden el planeta son los millonarios del Foro de Davos y quienes lo destruyen son los que plantan coliflores y ordeñan a las vacas. Quien se aburre es porque quiere.

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