Montaje de 2 tricornios con un lazo negro en señal de luto con la bandera de españa de fondo
OPINIÓN

David y Miguel Ángel

El asesinato de los guardias civiles, David Pérez y Miguel Ángel González, arrollados por una narcolancha en Barbate, ha dejado en mal lugar al Estado, que no se ha pronunciado por lo sucedido


Dos mujeres fuertes, parejas de dos hombres fuertes —dos héroes—, tuvieron que explicarles a tres niños la noche del viernes por qué sus papás no volverían ya nunca a darles un beso antes de dormir. Al día siguiente, si hubieran encendido la tele, habrían visto al presidente de su país de fiesta en una gala de cine donde ni uno solo de los premiados se acordó de ellos.

El presidente estaba de fiesta, el ministro mintiendo de televisión en televisión sobre los recursos y medios que sus papás tenían para enfrentarse a los malos, el secretario de estado mudo, al director general ni está ni se le espera, y, ni el director adjunto operativo, ni ningún otro mando de la Guardia Civil tuvo el coraje de levantar la voz. Solo otra mujer valiente, la fiscal antidroga de Cádiz, gritó a los cuatro vientos ese día que estaban vendidos, que la guerra era desigual e imposible y que a nadie le importaba una mierda.

Todos estos miserables que conforman la cúspide de pirámide de la administración, no por mérito y capacidad, sino por libre designación, no son más que el reflejo de una sociedad decadente y podrida por dentro.

La cúpula de la guardia civil se puso, eso sí, ese mismo día en marcha, pero no para luchar contra los criminales, sino para proteger al gobierno e intentar que no hubiera minutos de silencio que pudieran conmover a la gente y llevarla a hacerse preguntas. Me dan ganas de vomitar.

Así que ni banderas a media asta, ni días de luto, ni fiestas suspendidas, ni nada de nada. Y no es porque vuestros papás no lo merecieran, es porque quienes tienen el poder de decretarlo, son una manada de hijos de puta.

Los porqués, esos que esas madres tendrán que explicar a los huérfanos, nos llevan a un escenario desolador, que te rompe el corazón, que te puede partir el alma y matarte de rabia e impotencia a cuchilladas.

David y Miguel Ángel, los Guardia Civiles muertos en Barbate

No se podía tolerar que el mismo día que iba el ministro a Cádiz a vender su mentira de eficaz plan contra los señores de la droga, en el puerto de Barbate hubiera narco lanchas haciendo trompos en el agua. El día anterior, que también estaban, sí; pero estando el ministro allí, pues no. Si acaso cuando se fuera el ministro, pues otra vez sí.

Así que, según narra la prensa, un coronel desde el palco de un teatro viendo chirigotas, sin saber cómo estaba la mar, ni de qué medios se disponía, ni a qué amenaza se enfrentaban estos héroes, y después, me imagino, de haber recibido la llamada de algún político, llamó a otro mando por debajo en el escalafón y le dijo algo así como: “que se metan al agua y que les vean”.

Ese otro mando obedeció también sin cuestionar las órdenes políticas y se dirigió a sus hombres con una expresión parecida a esta: “tiraos al mar y haced lo que podáis”. Mis compañeros se tomaron esa orden como se la toma un guerrero curtido en mil batallas. Para quien ha jurado servir hasta morir, “haced lo que podáis”, significa exactamente eso.

Y la escena se tornó en circo romano a mayor gloria de un ministro, para que su visita a la zona no se viera perjudicada en términos de imagen. Y en este circo de Roma en Barbate, también había un público ávido de sangre, que jaleaba desde el espigón; pero no a los buenos, sino a los criminales. Todos habían visto la película de El Niño, y, por lo tanto, sabían que los criminales son gente pobre a la que no le queda más remedio que delinquir, y para cuyos crímenes siempre hay justificación. Normal que, para cerrar el círculo de degradación moral, el presidente del gobierno de España fuera a los Goya y no a los entierros. Simplemente escogió bando.

Nadie discutió la orden porque, en esta mierda de modelo policial, nadie llega a coronel o general discutiendo órdenes políticas. La experiencia operativa, el mérito y la capacidad los tenían los que se subieron a la zódiac; y los que daban las órdenes no tenían nada de eso, por tener no tenían ni vergüenza.

Nuestros héroes, sin embargo, lo que no tenían era tiempo para películas, chirigotas ni teatros; tenían una misión que cumplir, y a ella se afanaron. Lo demandó el honor y obedecieron, los requirió el deber y lo acataron, con su sangre la empresa rubricaron, con su esfuerzo la Patria engrandecieron.

Salieron con una lancha de cinco metros de eslora a enfrentarse al mismísimo diablo, que venía montado en carros de fuego. Toda España vio de qué medios disponían unos y otros, pero, aun así, el peor ministro de interior de nuestra democracia, presumió, aun con los cadáveres empapados en salitre, de los recursos que su ministerio había puesto a disposición de la Guardia Civil durante su mandato.

Coronas de flores a la entrada de la Catedral de Pamplona durante el funeral de uno de los guardias civiles fallecidos en Barbate tras ser embestidos por una narcolancha

Ese ministro se fue luego a los funerales y tampoco allí hubo un solo coronel o general que le negara el saludo, le diera la espalda o le pusiera en su sitio. Tuvieron que ser de nuevo las mujeres de los guardias, como en aquellos años de plomo del País Vasco, donde las esposas protestaban por el miedo de sus maridos al régimen disciplinario, las que dejaran claro a políticos y mandos lo que implica el honor y la dignidad como motores de vida.

Y mezclando los dos escenarios, País Vasco y Campo de Gibraltar, me viene a la memoria la canción de Revolver que Carlos Goñi, saliéndose del guion diseñado para “los artistas” desde las élites poder, escribió la misma noche que mataron a Miguel Ángel Blanco.

“… Y a las cuatro cayeron dos rayos segando de cuajo otro árbol más. Y cayó hasta calarnos los huesos, y cayó fría y sin compasión, una lluvia violenta y salvaje hasta hacernos dudar de si existe Dios…”

Yo sí creo en Dios, y me imagino que Él también librará batallas, así que querrá con Él a los mejores guerreros, y eso eran David y Miguel Ángel. Fueron grandes y fuertes, porque fueron fieles al juramento que empeñaron. Por eso, como valientes lucharon, y como héroes murieron.

Un beso al cielo, David. Un beso al cielo, Miguel Ángel. No sé si lo conseguiré, no sé cuántos me seguirán en el empeño, pero tenéis mi palabra de honor de que lucharé hasta el final para cambiar las cosas. Os lo debemos.

“… No quisieron servir a otra Bandera, no quisieron andar otro camino, no supieron vivir de otra manera…”

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