Caricatura Clara Campoamor y Victoria Kent
OPINIÓN

Clara Campoamor también es mía

Repasamos el papel de Clara Campoamor en la inclusión del derecho al voto de las mujeres

Imagen del Blog de Joaquín Rivera Chamorro

El uno de octubre de 1931, las Cortes Constituyentes de la Segunda República Española debatían sobre la inclusión del derecho al voto de las mujeres en el texto constitucional. Las sesiones para aprobar cada artículo eran largas y agotadoras, se negociaba cada frase con absoluta vehemencia. Días antes, los partidos católicos abandonaron las Cortes por la inclusión de dos artículos que luego derivarían en la controvertida Ley de Congregaciones Religiosas. Dentro de esos partidos estaban los tradicionalistas, monárquicos, varios diputados del PNV, e incluso, alguno de Acció Catalana, como Carrasco i Formiguera, que luego acabarían fundando Unió Democrática. El Partido Agrario; sin embargo, y a pesar de ser una formación conservadora Y católica, permaneció en las Cortes.

Los partidos republicanos más representados eran el Partido Republicano Radical, dirigido por Alejandro Lerroux; el Partido Republicano Radical Socialista, liderado por el catalán Marcelino Domingo; la Acción Republicana de Manuel Azaña; la Derecha Liberal Republicana, con Niceto Alcalá Zamora y Miguel Maura a la cabeza, y la ERC en la que destacaban Lluis Companys y Ramón Franco Bahamonde.

La formación con mayor número de representantes era el PSOE, el partido proletario con mayor apoyo popular. El PCE y los anarquistas se habían negado a secundar el nuevo régimen. La república burguesa era, para ellos, más de lo mismo y los cambios no harían mejorar las condiciones de vida de la clase trabajadora. Los unos aspiraban al comunismo libertario y los otros a la dictadura del proletariado. 

Los socialistas fueron posibilistas desde su creación en 1873. Lo habían sido durante toda la Restauración, participando de los procesos electorales desde 1891 y llegando a tener varios diputados a Cortes. Lo fueron también durante la Dictadura de Primo de Rivera, siendo el único partido obrero que convivió con el régimen y consiguió aumentar su base social en detrimento de anarquistas y comunistas, estos últimos estuvieron al borde de la desaparición. Por supuesto, no habían renunciado ni al marxismo ni a la revolución y su anhelo era avanzar hacia una república socialista que poco o nada tenía que ver con la república liberal que acababa de nacer en España. Aun así, admitieron formar parte del Gobierno durante los primeros dos años, aportando a Fernando de los Ríos, Francisco Largo Caballero e Indalecio Prieto al Consejo de Ministros. A pesar de ser el partido más votado, como sucedió con la CEDA en 1933, nunca se les encargó formar Gobierno, ya que ese privilegio se otorgaba siempre a algún líder republicano. 

Las disciplinas de partido en las formaciones republicanas eran mucho más laxas que en tiempos más contemporáneos. Sin embargo, los partidos proletarios sí que mantenían el sometimiento de sus representantes a lo que se hubiera decidido antes de cada votación.

Por fin, el uno de octubre, la diputada Clara Campoamor, del Partido Republicano Radical, se erigió como adalid de los derechos de los millones de españolas que no tenían voz. Campoamor explicó con brillantez porque el artículo segundo de la nueva Constitución, ese que confirmaba la igualdad ante la ley, quedaría como una farsa si más de la mitad de la población no podía ejercer uno de los derechos fundamentales de cualquier sistema democrático. 

Clara Campoamor

No me extenderé con el debate que es de sobra conocido y que figura en los Diarios de Sesiones.

No es un secreto que entre los republicanos abundaba el anticlericalismo. Alejandro Lerroux, que fue líder de varios gobiernos de centro-derecha durante el bienio radical-cedista, era recordado por frases sobre levantar las faldas a las monjas y lindezas por el estilo. Tampoco era un secreto que la mayoría de la “audiencia” en los templos religiosos eran mujeres y, por tanto, se creía que la influencia de los sacerdotes, que ya comenzaban a tomar partido, tendría un considerable impacto en las siguientes elecciones.

Victoria Kent, del Partido Republicano Radical Socialista, que no deben confundirse con el PSOE, pedía un tiempo para que la mujer española, cautivada por los cantos gregorianos y sujeto obediente de su cónyuge, estuviera más preparada para poder elegir sin coacción externa. 

Campoamor consiguió su propósito, aunque ni su partido, ni el de Kent, los más mayoritarios dentro de las filas republicanas, votaron a favor. Si lo hizo la Derecha Liberal Republicana de Niceto Alcalá Zamora, también los socialistas, salvo alguno que decidió ausentarse para no pasar por aquel trago, como Indalecio Prieto. Los Agrarios votaron divididos y según su propia opinión. Por último, el Partido de Azaña votó mayoritariamente en contra.

Líderes del Partido Republicano Radical. Clara Campoamor junto a Alejandro Lerroux

A ese respecto escribió D. Manuel en su diario: “Combate oratorio entre la señorita Kent y la señorita Campoamor. Muy divertido. La señorita Kent está porque no se conceda ahora el voto a las mujeres, que en gran número siguen las inspiraciones de los curas y de los frailes, y si votasen se pondría en peligro la República. La señorita Campoamor es de la opinión contraria. La Campoamor es más lista y más elocuente que la Kent, pero también más antipática. La Kent habla para su canesú, y acciona con la diestra, sacudiendo el aire con giros violentos y cerrando el puño como si cazara moscas al vuelo. La Campoamor es radical, pero todo su partido, y el Radical-Socialista, se oponen a que las mujeres tengan voto. En cambio, los socialistas quieren que lo tengan. Yo creo que tiene razón la Campoamor y que es una atrocidad negar el voto a las mujeres por la sospecha de que no votarán a favor de la República”.

No se pueden analizar las palabras de Azaña con perspectiva de género o desde la militancia del movimiento “Me too”, porque la ventana de Overton de lo tolerable, históricamente hablando, hay que deslizarla en su justa medida y evitar ese absurdo presentismo que domina hoy cualquier mirada al pasado.

Los republicanos de derechas, que apenas tenían una veintena de diputados, votaron con los socialistas y los católicos. Los Radicales, muy ofuscados, amenazaron con “no dejar un solo fraile en España”. 

La historia de Clara Campoamor es un reflejo de la tristeza de lo que se denominó “tercera España”. Muchos de sus compañeros que habían pertenecido al Partido Radical fueron detenidos en julio de 1936 en Madrid. Republicanos como Melquiades Álvarez, antiguos radicales como Rico Avelló o Salazar Alonso dieron con sus huesos en la Modelo y acabaron asesinados o fusilados por una República que ya no era la suya. 

Campoamor estaba en la lista de los radicales, por lo que decidió que salir de España era su única tabla de salvación tras cuarenta días de guerra. No le fue fácil abandonar la península, pues en su primer intento le fue negada dicha posibilidad. Al final, consiguió embarcarse en un buque alemán que debía recalar en Italia. En el barco fue reconocida por unos falangistas que a punto estuvieron de conseguir su detención en territorio italiano. 

Victoria Kent

Su impresión acerca de lo que vivió en esos primeros días de la Guerra está reflejada en su libro “La revolución española vista por una republicana” en el que es muy crítica con el apoderamiento del Estado Republicano por parte de las organizaciones obreras. 

Denostada por unos y por otros, hace unos años su figura se elevó a la categoría de musa del feminismo y con dicha distinción también llegaron las confusiones históricas, la falta de información y el tejemaneje habitual de inclinar su pensamiento hacia tesis políticas actuales en un sentido u otro.

Esta manía de apropiarse de figuras históricas asociándolas con el color de las carpetas que sujetan los que se ponen detrás de un orador, como si se negara al resto su legado, no deja de tener cierto grado de vileza. Muñoz Seca, Juan Ramón Jiménez, Ortega y Gasset, Antonio Machado, Miguel Hernández o Clara Campoamor son patrimonio de la historia, no de unas siglas o teorías del pensamiento del siglo XXI. 

Muñoz Seca o García Lorca son tan míos como los indeseables que los asesinaron, porque la historia es un conjunto de hechos notables y deplorables, y a todos hay que prestar atención. Utilizar sucesos del pasado en usufructo para realzar o condenar organizaciones políticas actuales solo muestra nuestra incapacidad para asimilar lecciones aprendidas. 

Clara Campoamor y Victoria Kent también son mías, como lo es la muy olvidada Sofía Casanova… Pero esa es otra historia digna de ser contada.

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